No es secreto que te miraba en exceso,
si pudiera haberte visto con los ojos cerrados lo habría intentado.
Qué mentira la mía no admitir por cobarde que hacía tiempo ya lo hacía.
Hacía tiempo que ya no necesitaba mirarte.
En mis ojos cerrados eras una en mil partes, cada una más perfecta que la anterior y más incompleta; cada parte adolecía de la otra, esa que evidenciaba su pobreza que develaba tu esencia.
Es cierto, eras una en mil partes; mil partes ambiguas e incompletas llenas de contradicciones.
Te desarmé y arme tantas noches como las que la tuvo entre sus brazos bajo el cielo infinito intentando cada mañana al llegar el alba volver a poner cada pieza en su lugar.
Qué importaba el intento, qué importaba que cada una por la mañana tuviera un lugar nuevo, qué importaba no reconocerte al final de la noche en aquel punto donde todo es más negro.
No me importaba nada. En el desorden siempre volvías a aparecer, siempre volviste tú.
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