5 de junio de 2012

Horas antes del choque.

Se acercó uno de los soldados que venía corriendo desde el frente y le dijo al general...señor, son miles, nuestros hombres tienen miedo, las armas están mojadas, los caballos sudorosos, el terreno es adverso, y por sobre todo, se están acabando las municiones.
El general agradeció la información, dio una palmada en la espalda del cadete y sólo dijo gracias.
Caminó un par de metros...apretó sus manos y le dijo a unos de los comandantes...las tropas creen que está todo perdido, los caballos exhaustos, los hombres temeroso, el terreno no nos ayuda y pocas municiones quedan...tal vez sea mejor rendirnos, mi general.
Así pasaron largas horas, y el general no hacía nada más que pensar en las tropas que se acercaban furiosas a destrozar lo que se interpusiera en su camino.

Finalmente, mando llamar al pelotón...
Muchachos, sé todo lo que ustedes ya saben, los caballos, las municiones, el terreno, sus miedos...pero también sé algo que ustedes no.
Si están en este lugar, con ese traje es porque alguien creyó en ustedes...yo creo en ustedes y creo que podemos ganar esta batalla. Tal vez todo diga que no podremos lograr esta victoria, pero no nos iremos de aquí hasta corroborar esa información, y si nos retiramos, nos iremos con el traje destruido, los caballos muertos, sin municiones y con el terreno a nuestros pies destrozado por las ganas de haber querido vencer.

Los hombres se miraron...nadie apoyaba al general, y él lo sabía, lo sentía.

El general tomó su caballo y lo montó, volvió a mirar a su ejercito y dijo: no será este la primera ni la última guerra, pero la pelearé como si lo fuera...animó a su caballo y galopó rumbo a la primera linea de batalla sin mirar atrás.

No puedo contarles si el ejercito lo siguió.