27 de noviembre de 2014

Cada cierto tiempo.

Siento que han pasado meses desde la última vez que visité este lugar. No mucho ha cambiado desde aquel entonces, las mismas personas, el mismo aroma, los recuerdos intactos, y quizás es algo que debía ser así. Nadie más que yo visitaba este lugar.

No sé por qué cada cierto tiempo vuelvo, es como si el elástico cada cierto tiempo se recogiera sobre si mismo obligándome a volver con él y decir aquí partió todo. 
Es algo muy parecido a esos puentes de palo, remendados una y otra vez, resignándose al paso del tiempo, las termitas y el inevitable progreso tratando de robarle lo romántico para cubrirlo de concreto, eficiencia y durabilidad. Algo de eso tienen los puentes del sur de Chile, esa necesidad de sufrir con cada paso que soporta, pero que más da, sin ellos no sería vida. Su vida, para serlo, debe ser una vida trágica, sufrida, la de un héroe que sin sufrimiento deja de serlo.
Vuelvo la mirada a los pocos tachos que quedan en la cocina de mi memoria y aún tengo en la mano la oreja de aquella taza que un día fue mi preferida, y aún cuando fue hace años, todavía no olvido los olores y sabores que ella trajo a mi boca.

Cada cierto tiempo, no sé por qué, vuelvo a este lugar. No mucho ha cambiado, la superficie donde escribo sigue siendo blanca, la música que suena sigue siendo la misma, los recuerdos intactos. Ha cambiado, solo un poco, mi imaginación.

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