Y entonces, nos acostamos? le decía mientras pensaba cuántas veces antes le dijo la misma frase, durante los 50 años que habían compartido juntos.
Si viejo, vamos.
Allí abrazados, como ocurrió cada noche de esos 50 años, se acurrucaron para darse el calor que el cuerpo ya no producía, y que escondía entre los pliegues de la experiencia, las rabias, las alegrías, los llantos contenidos. En fin, ese calor que fue divorciándose de su vieja cama.
Aquella noche, el frío no quiso aparecer y ellos pudieron dormir tranquilos, para no despertar más.
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