Qué te hace saltar de susto, de miedo, qué te vuelve tan indefenso como para soltar la primera palabra que el impulso tira de tu boca, sin pasar por tu cabeza, qué te convierte en un ser tan vacío y lleno a la vez, qué te hace perder la mente sin encontrar las respuestas que ofuscado recorres en pasillos llenos de dudas sin soluciones, qué te alegra lo suficiente como para olvidar por unos segundos que la vida solo regala instantes dichosos tan largos como el chasquido de tus dedos, qué te vuelve inmortal, temerario, al saber que puedes ganarlo todo y perderlo en el mismo intento, qué te mueve a caminar cada día por el mismo camino que ya has pisado una y otra vez los días anteriores, qué te hace estar sentado leyendo sin entender lo que miras, qué hago yo sentado escribiendo sin saber a dónde se dirigen estas letras, qué te envuelve cada día, qué te hace sentir seguro y protegido, qué te lleva a mirar cada día con los ojos cerrados, qué te lleva a probar sabores distintos sin poder distinguirlos, qué te hace sentir que eres diferente, qué te lleva a abrir diez veces el refrigerador esperando encontrar cosas nuevas donde no las ha habido nunca, qué te hace mirar el reloj cada minuto esperando que el tiempo vuele para así desaparecer de aquel lugar en donde nunca quisiste estar, qué te lleva a subir tan fuerte la música pensando que con eso harás desaparecer esas voces que te acompañan cada día en cada momento y segundo que pasa, recordándote que la vida es una y hay que aprovecharla, qué hace que quiera seguir preguntándome si vale la pena seguir escribiendo cuando el tiempo y su velocidad dan lo mismo.
Qué me lleva a sentir miedo de perderte, cuando realmente sólo fuiste entregado en usufructo y me convertí en mero tenedor de todo lo que realmente quise hacer mío y tratar de convertirme con el tiempo en poseedor con animo de señor y dueño de tu vida: al final de cuentas, un poseedor irregular que pretendía adquirir por prescripción adquisitiva, pero volvieron esos hombres de blanco para recordarme que sólo estabas de pasada y tarde o temprano me despojarían de ese uso, goce y disposición de aquello que nunca fue mío.
Desgraciadamente, nunca leí aquella cláusula que decía que conforme se cumpliera el plazo fatal, pasaría de ser poseedor a un ordinario y vagabundo mero tenedor, el que sería tratado como tal, y finalmente despojado de todo, de ti, de tus enseñanzas, de tus miedos, de tus alegrías, de tu compañía.
Pasa el tiempo y más miedo acumulo día a día, de llegar y finalmente no volver a encontrarte más.
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