No es que este en contra de aprender, porque si así fuera sería harto tonto considerando que soy de los privilegiados que se puede dar el lujo de estudiar (eso es tema de otro día), pero hay algo que he visto de esto de aprender y aprehender que no me gusta.
La verdad es que ya no me acuerdo cómo hablaba antes, y es raro pensarlo porque cuando quería decir que alguien me "caía mal", llegaba a decirlo así simplemente, "me cae mal", o quizás ocupada otra expresión que hoy no me acuerdo, casi como si fueran restos arqueológicos de palabras que se agotaron o cumplieron su ciclo como los acueductos romanos. Hoy digo animadversión.
Pensar en entablar una conversación es diametralmente opuesto a como era hace 5 años, con menos palabras que lo único que me hacían pensar era en ese algo que motivaba ese hablar, sin preguntarse más allá de la simple obviedad de esa cosa que tenía al frente. Lo cierto es que creo que a veces no es tan importante preguntarse por el fondo, sino simplemente disfrutar la simpleza de ese estar o ese ser de esa cosa o situación que hacía nacer las ganas de hablar de ella.
El estudio es rico y nos hace crecer, pero nos lleva a un punto sin retorno, ese punto que ya no crees que sea una buena forma de expresar esa apatía con un "me cae mal" y prefieres ocupar palabras que en su contenido sabes dicen algo más preciso que antes las palabras que manejaba no lo hacían.
Ya no recuerdo como hablaba y tampoco recuerdo cómo se decía lo simple sin recurrir al mundo de las ideas de Platón, recurso que se ha convertido en la forma más fácil que hoy tengo para hablar de lo simple y que no necesita más explicación.
Al final, si lo piensas, la diferencia entre mi yo de hoy y el de hace unos años atrás, o de tu yo y el de años atrás ( o incluso meses o días, si total tampoco es necesario ir muy atrás para darnos cuenta que cada día estamos más cerca de caernos del árbol), no la experiencia, no es vivir, sino solamente la cantidad de palabras que te llevan a poder decir de una forma más o menos precisa lo que antes no podías. Porque al principio cuando éramos niños, como no conocíamos las palabras, apuntábamos, luego balbuceamos, y así sucesivamente hasta intentar llegar lo más cerca que nuestra mente nos permita a ese algo sustancial que es indudable, eso que nadie puede decir que se equivoco al entenderlo. Esta bien, la vida y experiencia o como quieras llamarlo ha llevado a que sepas más palabras que antes, pero...y si no hubieras aprendido ninguna palabra?
No es que ya no recuerde cómo hablaba, el punto es más trágico. Ya no recuerdo cómo pensaba.
Sí recuerdo los gustos, esos antojos y cosas que me hacían vibrar, esas cosas que aún lo hacen por lo demás, pero...y cómo pensaba, qué pensaba cuando sabía de la muerte de alguien por las noticias (porque claramente no pensaba en homicidio simple o calificado ni menos en legítima defensa), o no sé, pensaba?
En fin, aprender y madurar es a su vez perder, pero si eso es cierto, entonces nunca llegaremos a ser 100% maduros, porque creo que la madurez implica tener una parte de todo para saber aproximarse a todas las situaciones de la forma más perfecta posible, pero y si olvidé cómo piensa un niño (cómo pensaba yo cuando era niño, si es que lo hacía), entonces cómo voy a entender hoy a otro niño?
Aunque también es cierto que hay cosas que crees haber olvidado pero realmente nunca se olvidan, como andar en bicicleta. Siempre dicen que eso nunca se olvida, tal vez puedes perder la práctica, pero nunca olvidarlo. Pasará igual con esas cosas que hacíamos de cuando chicos éramos? habrá alguna situación que sea tan fuerte como para revivir eso que haga traer al presente ese niño en cierne?
En cierto punto, las palabras nos hacen mirar de distinta forma, nos hacen atender sobre cualidades o cuestiones que antes pasábamos por alto, porque simplemente no las teníamos identificadas, y es por eso que las palabras son tan peligrosas, porque cuando las usas mal trazas todo el trayecto futuro para bien o para mal, redefines dónde mirarás, e incluso te arriesgas a mirar donde no querías y asumir las consecuencias de mirar un hoyo en la calle y pensar en la responsabilidad municipal al respecto por sobre el daño que puede causarle a una persona.
Ese día que comencé a mirar el mundo con los ojos de los libros entendí que estaba madurando, y con ello, perdiendo y olvidando.
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