No sé si te has dado cuenta, pero casi como costumbre me siento aquí cada noche para ver si sale algo bueno, y un indicio de ello es que pienso más rápido de lo que alcanzo a escribir.
Imagino que estás sentada frente a mi, con algo en la mano, tal vez un vaso o simplemente con algo entre las manos que logran disimular tus ganas de querer salir corriendo de allí, buscando lo que sea, menos estar en ese momento allí sentada.
Te arreglas el pelo, como esperando que ello arregle tus problemas y logren solucionar los que yo te cuento. Un par de sonrisas barnizan el momento.
De repente todo fluye, y a ratos todo se corta con un cuchillo; luego, vuelve la normalidad.
Mis largas frases estiran el momento y tu concreción de todo hacen que aterrice lo que hablo, y hagan finito aquello que repaso una y otra vez, buscando el camino perfecto.
Parece que se acaban las ganas de hablar, o tal vez el tiempo, o simplemente se me agotan las ideas que llenan esta historia, pero sin saber la razón te veo desaparecer en mi imaginación detrás de ese pelo que cubre lentamente tu cara, esa que poco a poco voy olvidando.
Estiro mi brazo sobre la mesa, como diciendo que te quedes, sin decirlo, pero tu recuerdo se hace borroso y lentamente me voy quedando sólo en la mesa, sólo con ese recuerdo y la silueta que alguna vez tuve frente a mi.
Luego, comencé a desaparecer, difuminándome entre el color del fondo, el paisaje del puerto y sólo quedó el lugar vacío.
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