Aprender en la vida, aprender de los conocimientos, aprender de un libro. De donde sea que llegamos a adquirir nuevas ideas que se van quedando en nuestros recuerdos nos llevan a no seguir aprendiendo y ejercitando aquello que ya poseímos, incluso comenzamos a perder.
El conocimiento nos entrega nuevos factores o parámetros que nos ayudan a formar nuevos juicios, tal vez más certeros científicamente, pero cada vez menos pueriles.
Para mí, la ciencia nos lleva a perder esa capacidad de asombro natural y análisis liviano de cosas simples que terminamos transformando en complejas conjeturas acerca del universo y la existencia.
Si antes, al mirar un perro solo pensabas en su guau guau, ahora al mirarlo con un poco más de conocimiento y tal vez uno que otro reto acerca de lo sucios que son, pensarás cuántas bacterias viven en ese lindo animal; o quizás si mirabas un gato y pensabas lo curioso que es que alguien diga que tienen siete vidas, hoy al mirarlo pensarás el fundamento científico de aquella mística frase.
Sea como sea, aprender implica olvidar, implica perder lo natural, eso que lleva a un niño recién nacido a apretar su mano al sentir algo entre sus dedos, pero ese instinto se pierde al aprender ciertas cosas.
No es ser melodramático ni nada parecido, menos es estar en contra de la ciencia y su evolución, solo que me gustaría volver a escribir con la inocencia de años atrás.
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